De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Jaén, 26 de octubre.
¡Oh Parador de la Costurera! ¡Oh, preciosa reunión de Manoeli, que tan bien pintó y engrandeció nuestro amigo Achard, y que yo intenté pintar y engrandecer tras él! ¡Oh, morada tan deseada, cuyas habitaciones frÃas nos parecieron tan tibias, cuyos pollos flacos nos parecieron tan tiernos! ¡Célebre Parador, al que prometerÃa una inmortalidad semejante a aquella que don Quijote le valió a Puerto Lápice, si fuera yo Miguel de Cervantes! Parador que tuvo la honra de albergar bajo el alero izquierdo del gran patio al famoso coche verde y amarillo despedazado por las rocas del precipicio de Villa-Mejor. ¡Que tu recuerdo permanezca en la memoria de mis compañeros asà como permanece en la mÃa!
No crea en absoluto, Madame, que esto sea una de esas invocaciones poéticas destinadas a abrir un canto de alguna IlÃada cómica. No, en verdad; es la expresión de un sentimiento de gratitud del que mi corazón tiene necesidad de desahogarse. En efecto, si en ciertos momentos uno se apega a los lugares que nos han visto sufrir, ¿por qué no venerarÃamos aquéllos que nos han visto respirar después del sufrimiento?
