De Paris a Cadiz

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Cuando reciba cartas fechadas en Granada, Madame, podrá suponer que ha conservado una relación y mantenido correspondencia con un alma que sigue habitando uno de los rincones del cielo que usted ha abandonado por nosotros desde hace tan poco tiempo y que esta alma le habla de su país encantado y de sus impresiones celestiales. Granada, más brillante que la flor, y más sabrosa que el fruto cuyo nombre lleva, parece una virgen perezosa que desde el día de la Creación se ha acostado al sol sobre un lecho de hierbas y musgo defendido por una muralla de cactos y aloes: por la noche, se duerme alegremente con el canto de los pájaros, y por la mañana despierta sonriente con el murmullo de sus cascadas: Dios, que la amaba entre todas sus hermanas, le ha confeccionado una corona que hasta un ángel envidiaría, corona que no se marchita nunca, y en la que se confunden, dentro de un himen misterioso y perfumado, la noche y las estrellas del firmamento, y que se llena de tantos perfumes que cuando al despertar la virgen agita su frente a las primeras brisas de la mañana y a los primeros rayos del sol, los viajeros que pasan se detienen y se preguntan de dónde vienen esos perfumes desconocidos y casi celestiales; pero Granada era mujer y, por ende, coqueta. Tenga en cuenta, Madame, que tampoco quiero atacar la coquetería, que es el refinamiento de la belleza así como el refinamiento es la coquetería de la inteligencia, y aunque un ligero vestido completamente blanco siga siendo el atavío que a monsieur Planard y a mí nos encanta, no repudio cierto gusto por esas adorables flores artificiales con las cuales la mujer, durante ciertas estaciones del año y ciertos años de la vida, se ve obligada a remplazar a veces las flores naturales que le faltan.


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