De Paris a Cadiz

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Granada era pues coqueta, esto es cosa sabida; y a pesar de su proverbial indolencia, se volvía de tanto en tanto para adoptar una pose nueva, tanto es así que la mañana la encontraba muchas veces en una actitud bien distinta a la que había adoptado por la noche. Decirle que era para ojos extranjeros que Granada se esmeraba en posar así, sería una acusación terrible de la que yo, su amigo, me cuidaría mucho de asumir la responsabilidad. Y estoy completamente convencido de que todavía en esa época todos los amores de la blanca española eran la naturaleza y el sol, su madre y su amante.













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