De Paris a Cadiz

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Por desgracia, Granada estaba acostada sobre una colina, de modo que los curiosos podían descubrirla de lejos sin ser ellos mismos descubiertos, y sorprenderla un buen día como a Susana mientras tomaba su baño. Por casta que sea una mujer, cuando es de disposición perezosa, no siempre puede darse la vuelta castamente en su cama; ella muestra, creyéndose sola, su brazo un poco más alto que el codo, su pie un poco más lejos que el tobillo; los cabellos pueden desplegarse de golpe, y en el movimiento brusco que ella hace para detener el caudal de oro o de ébano que inunda los hombros, no advierte que una punta del velo se desgarra y que el seno blanco y redondeado se muestra por la desgarradura del velo. Y ¿quién puede impedir que durante ese lapso un amante, sin duda ignorado y sin embargo presente, haya dirigido su mirada a alguna abertura indiscreta en la roca o a algún claro del bosque, y que, dudando todavía de la belleza de aquélla a quien desea, no haya esperado más que esta imprudencia para convencerse y esta convicción para actuar? Ay, Madame, esto fue lo que le ocurrió a Granada.






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