De Paris a Cadiz

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Se puede adivinar cómo era de curioso para nosotros un peregrinaje por la extraña población de la que se nos acababa de ofrecer una muestra en el parador de los Siete Suelos. Muy al contrario de los españoles, los extranjeros son bienvenidos entre esta pobre gente; es que no sienten de parte de los extranjeros ese desprecio con que los rebajan sus compatriotas privilegiados. Efectivamente, para nosotros los franceses, los gitanos son hombres un poco más raros que el resto de los hombres, mientras que para los españoles los gitanos son perros, menos que perros.

Por eso antes de que hubiésemos hablado nos habían reconocido como amigos, y cada niño venía hacia nosotros con una sonrisa, mientras que las jovencitas, que llevaban a casa el agua que acababan de sacar del pozo, se detenían, ánfora al hombro, como estatuas antiguas para vernos pasar, y sus padres curiosos se agrupaban en las aberturas de sus grutas, inmóviles como grupos de cariátides. De tanto en tanto nuestra mirada se sumergía en el interior de alguna cavidad, y entonces distinguíamos en la penumbra a un hombre que trenzaba paja o a una jovencita que peinaba de pie sus largos cabellos con reflejos azulados que caen hasta el suelo.



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