De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Regresamos a casa de maestre Pepino maravillados por lo que habíamos visto, jurando que regresaríamos a vivir en Granada: Boulanger, Giraud y Desbarolles para pintar, Maquet y yo para hacer novelas o poesía, y Alexandre para no hacer nada. Al retornar, encontramos el programa del espectáculo. Debo decirle, Madame, y mi modestia sufre mucho por tener que decirle estas cosas, que esa pequeña parcela de gloria tras la cual corremos, nosotros pobres locos por el renombre, y que en Francia se nos cuestiona todo el tiempo, nos es generosa y ampliamente acordada en cuanto ponemos un pie en el extranjero. Resulta de ello que mientras la crítica francesa se divierte despedazando a dentellada limpia todo cuanto producimos, como lo hace una jauría con un ciervo abatido, allá nos reciben, nos festejan y enaltecen tal vez tan por encima de lo que somos, cuanto nos ponen en Francia por debajo de lo que valemos. Esto sea dicho a propósito del programa en cuestión.