De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Así como era de árida y seca la ladera de la montaña opuesta, la que acabábamos de alcanzar era fresca y sombreada. En todo momento esas fuentes de las que se habían servido los reyes moros para hacer las delicias de la Alhambra y el Generalife, brotaban bajo nuestros pies y se precipitaban en cascada hacia las profundidades que dominábamos. En los flancos de esa montaña, que parece no pertenecer a nadie, había con qué confeccionar magníficos jardines, tal como los concebimos en Francia e Inglaterra.