De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Es que, y usted comprenderá esto con facilidad, Madame, no podíamos habituarnos a la idea de haber venido a España, por las pintorescas montañas de Guipúzcoa, por las arenas grises de las dos Castillas y las llanuras azafranadas de la Mancha, bajo los cipreses, los granados y las viñas del Generalife, ante la Alhambra y los maravillosos valles por donde corre el Genil por su lecho de sonoros guijarros, entre orillas bordeadas de adelfas, para someter a proceso, así fuera éste muy lindo, a tres jóvenes muy feos. Por eso habíamos llegado, a medida que cada visitante, y los visitantes se habían sucedido a lo largo de toda la jornada, a medida que cada visitante, decía, nos hablaba obstinadamente de esa enorme piedra y de los criminales que la habían arrojado, a no ver en dicha piedra más que un grano de arena, y en los graciosos que la habían arrojado a unos querubines un tanto traviesos.