De Paris a Cadiz

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Ya lo ve, Madame, el señor capitán general tenía sobre mí una considerable ventaja, la de ser conciso. Esta concisión impresionó a todo el mundo: por eso no hubo entre nosotros más que un movimiento; olvidamos monturas, estribos, albardas, artolas, bridas, amor propio y sueño; corrimos todos hacia las maletas, que estaban vacías, y que se llenaron con la rapidez de canales durante una inundación. Agua de Benjuí mismo fingió moverse para ayudarnos un poco. Maquet arregló las cuentas, Boulanger guardó los dibujos, Giraud recogió cuanto de nuestro pasado esplendor quedaba en aceite, vinagre, manteca, jamón, etc. Desbarolles, mientras guardaba las armas, hizo como de costumbre uno o dos disparos de fusil, que felizmente no hirieron a nadie. Alexandre se adormeció con un heroísmo del que pocos habrían sido capaces en medio de semejante barullo. Y yo, Madame, retirándome al rincón que la deferencia de mis compañeros me ha reservado, me puse a escribirle esta carta, que termino a las tres y treinta y cinco minutos de la mañana, mientras mis compañeros, abrumados de cansancio, duermen como soldados en el vivac sobre un amasijo de maletas y fusiles.

Me quedan, hasta que den las cuatro, el momento fijado, como recordará, para nuestra partida, veinticinco minutos que procuraré emplear de la misma manera.

Reciba usted, etc.


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