De Paris a Cadiz

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Pero créalo, Madame, así hubiese caído fuego del cielo, así cayesen lanzas, espadas, escribanos, tragedias, estábamos tan resueltos a partir, que íbamos a partir esa mañana. ¡Ahora sí que era cuestión de monturas, riendas, artolas, estribos y albardas! Éramos capaces de llevar las mulas sobre nuestras espaldas, y a los muleteros sobre sus mulas. Le ruego que imagine, Madame, el espantoso tumulto que pueden hacer, en una calle de seis pies de ancho, ocho mulas coceadoras, un caballo relinchando, dos arrieros gritones, cuatro porteadores ansiosos y un casero deseoso de complacer hasta último momento a sus pupilos. Figúrese los golpes de las cajas, el gemido de los pisos de madera, el crujido de los escalones, las interpelaciones de los vecinos despertados por el ruido. Piense que teníamos un cuartel de gendarmería a veinte pasos de allí; que un capitán general nos esperaba ese mismo día a las diez de la mañana; que deseábamos desaparecer con el silencio y la intangibilidad de cuatro sombras, y tendrá una idea de lo que debimos sufrir durante la hora y media que duró ese estrépito ensordecedor.






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