De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz SuponÃamos que a pie nos detendrÃan menos que en mula; ¡lo que es el miedo, Madame! ¿TenÃan miedo, entonces?, me preguntará usted. ¡Ya lo creo! SÃ, Madame, lo confieso; siempre tengo miedo de los peligros desconocidos, impalpables, invisibles e incluyo, pido perdón por ello a la Justicia, pero incluyo a la Justicia entre las filas de ese tipo de peligros. Uno se da cuenta de que entra en Granada o sale de ella, del lado de Córdoba, al bordear una amplia manzana circular de edificación situada al extremo de una plaza en la que crecen árboles muy jóvenes; en uno de los ángulos de esa plaza, detrás de un muro blanco, se eleva una soberbia palmera que abandona coquetamente a la brisa sus movedizos y graciosos penachos; es allÃ, en esa plaza, donde nos orientamos, donde osamos hacer un alto, contarnos y esperar a las mulas cuyo paso, que no se disguste por ello Giraud, está lejos de igualar la carrera de cualquiera que no quiera visitar a un capitán general.