De Paris a Cadiz

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Habiéndonos asegurado de estar en pleno, y no viendo venir aún a las mulas, prefiriendo no tomar posesión de nuestras monturas, por otra parte, hasta encontrarnos fuera de los muros de la ciudad, continuamos avanzando en un crepúsculo grisáceo que comenzaba a remplazar a la noche. Le he dicho que llovía, Madame; en cualquier otro lugar y en otro momento esa lluvia hubiese sido una triste perspectiva, sobre todo para personas que van a viajar a la española, es decir, sub dio; pero ya sea porque la lluvia de España cae tibia y perfumada sobre los setos, el suelo y la llanura, o bien porque al atravesar un gabán de viaje le señala al viajero que es perfectamente libre, independiente, dueño de sí mismo, y que se aleja de toda civilización y de toda capitanía, caminábamos felices sobre la tierra empapada de la ruta.

A menudo nos volvíamos. Si quisiéramos posar de poetas, Madame, le diríamos que como los habitantes del Paraíso perdido, pero vestidos más decentemente, nos volvíamos para buscar a Granada la mora en medio de las brumas matinales; más prosaicamente podríamos decirle también, Madame, que nos volvíamos para saber si las mulas nos seguían. Madame, la verdad, la bella, la noble verdad, la pura verdad, la verdad desnuda, es que nos volvíamos como desertores sin pasaportes que temen ser perseguidos.


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