De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Boulanger, viendo esta actitud hostil, acarició seriamente su barba. Alexandre se había lanzado sobre su caballo que, de resultas de ello, plegando los cuatro corvejones, había estado a punto de echarse por tierra. Giraud se había hecho sostener por un pie, y gracias a ese gato improvisado, había conseguido montar sobre su mula. Desbarolles había tomado impulso como un verdadero contrabandista,[91] había quedado suspendido por un instante, tomado de la cincha, y después de algunos segundos en posición horizontal había recuperado la vertical. Boulanger, sin traza de orgullo, había invocado la ayuda de un mojón. Por último, Maquet y yo, los más grandes de la tropa, no habíamos necesitado más que levantar la pierna derecha a la altura de nuestra cadera, y como el ángulo interno encerraba exactamente el ángulo externo formado por el lomo de nuestras mulas, habíamos montado a horcajadas, con una facilidad que nos valió la admiración de nuestros arrieros, cada uno en su cabalgadura.