De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Desde lo alto de mi mula, que gracias a su talla elevada me permitÃa dominar toda la sociedad, eché una mirada a la tropa. Cada uno estaba en su puesto, firmes y resueltos. Noté incluso en el rostro de Boulanger, hacia el cual, lo confieso, me habÃa vuelto con alguna inquietud, noté incluso un cierto aire de calma y hasta de hilaridad que me provocó alegrÃa y asombro. Bajé mi mirada desde su rostro hacia el resto del cuerpo, y vi que la satisfacción que trasuntaba provenÃa de que ya no tenÃa piernas.
Efectivamente, nuestros arrieros habÃan encontrado un medio muy ingenioso para reemplazar los estribos de Boulanger; una gran manta, cerrada naturalmente por uno de sus extremos y atada en el otro con una cuerda de fibra de aloe, habÃa sido fijada a la cruz de su mula, y presentaba asà en cada una de sus extremidades una especie de saco dentro del cual Boulanger habÃa enfundado sus piernas, y que no sólo aseguraba su equilibrio, sino que las mantenÃa dentro de un agradable calor. Ya no viajaba en sillón ni en barco; Boulanger viajaba en calientapiés.
—¿Acaso no decÃa yo —exclamó Desbarolles— que el viaje en mula era el modo más feliz de locomoción?