De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Estas palabras eran muy simples, pero por desgracia Desbarolles siempre tenía que acompañar sus frases con algún gesto. A falta de su carabina, fijada a la grupa de su mula, sostenía su paraguas. El gesto con que acompañó las palabras que hemos mencionado fue la apertura de dicho utensilio. A pesar de que Giraud le hizo notar, al ver su intención, que el momento estaba mal escogido, pues la lluvia acababa de parar, él no quiso desistir; empujó el rígido resorte; el resorte, tras unos instantes de resistencia, cedió de golpe. Por el ruido que hizo al ceder, por el aspecto de esa cosa desconocida que se desplegaba encima de su cabeza, su mula tuvo miedo, y fue a dar sobre Boulanger todavía inseguro sobre sus estribos de una especie nueva. Boulanger osciló; pero al oscilar envió un puñetazo a la nariz de la mula. El punto era sensible; la mula giró sobre sí misma, rebotó de Giraud a Alexandre, recibió otros dos puñetazos, derribó a un arriero que intentaba detenerla, saltó por encima de su cuerpo, y retomó el camino de Granada a todo galope.