De Paris a Cadiz

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Durante cinco minutos asistimos al mismo espectáculo que tuvieron los macedonios al mirar al hijo de Felipe en lucha con Bucéfalo; además de la silueta del paraguas dado la vuelta, achicándose en el horizonte según las leyes de la perspectiva. Pero Desbarolles, aunque no tenía otro coercitivo que un ronzal, mientras que con toda seguridad Alexandre tenía un bocado, Desbarolles no fue menos afortunado que el ilustre vencedor de Darío. Al cabo de cinco minutos dominaba completamente a su animal, al que traía hacia nosotros castigándolo a grandes golpes de paraguas, sin duda con el doble propósito de hacerle comprender que acababa de cometer una falta y de familiarizarlo no sólo con la vista, sino también con el contacto del objeto que lo había asustado.

Este último incidente, que proveía a Giraud el tema de una nueva viñeta, terminó de devolver a la caravana toda su alegría. Intentamos reunir a las mulas dispersas, y de caminar, si no como un solo frente, al menos de cuatro en cuatro. Todos nuestros esfuerzos fueron inútiles: la mula de Desbarolles misma, después de haber sido demasiado veloz, parecía decidida a no andar en absoluto. El arriero que había sido derribado, y que felizmente no se había hecho ningún daño, vino en nuestro socorro.

—Señores —dijo— conseguiréis más con suavidad que con arrebatos; las mulas tienen nombres, llamádlas por sus nombres.


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