De Paris a Cadiz

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A la izquierda de esa puerta redonda que le he mencionado, se extendía la gran sala común, verdadero atrio teatral, sin ventanas, sin salidas aparentes hacia el resto de la casa; era la auténtica venta de España, que se compone de un espacio empedrado con una especie de canto rodado que le tritura a uno los pies; espacio circunscrito entre paredes blancas, amueblado con tres bancos, una chimenea, un comedero circular para algunas mulas, y accesorios tan extraños como escasos, colgados aquí y allá, tales como pimientos rojos, ánfora de cuello largo, odre de piel de cabra, guitarra. He aquí el estado del inmueble; ahora pasemos al estado de las cosas: un resto de fuego en la chimenea, agua en el ánfora, nada en el odre, todas las cuerdas en la guitarra.

Hicimos algún barullo al entrar, pero un barullo de mulas es algo conocido para los patrones de las ventas; a pesar de ese barullo, que en Francia hubiera hecho bajar posaderos y mozos del desván a la bodega, nadie se movió para ayudarnos a poner pie a tierra o sostener la brida de nuestras mulas, nadie, por último, nos puso esa buena cara de hostelero u hostelera ávidos que nunca desagrada al viajero en ayunas. Ni un perro que ladrara a cual darle un puntapié para superar el mal humor inspirado por el recibimiento que se nos daba. No obstante, a fuerza de buscar en la oscuridad nuestros ojos descubrieron a un hombre y una mujer, sentados sobre un banco ante las cenizas humeantes.


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