De Paris a Cadiz

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Sabrá usted, Madame, que es tan inútil pedir a un muletero que le conduzca a la mejor posada como sería inútil pedírselo a su mulo. La mejor posada de un muletero es siempre aquélla donde tiene la costumbre de detenerse él mismo.

Además, no habiendo respondido Juan a Desbarolles, cuya pregunta consideraba sin duda ociosa, Desbarolles reiteró su pregunta.

—En ésa —dijo Juan, y nos mostró la última casa del pueblo.

—Caramba —dije—, entonces en España es igual que en Francia; la casa que se desea es siempre la última de la calle; y dado que las calles tienen normalmente dos extremos, el azar debería favorecerlas por turnos, al menos aquel que busca tendría una sola posibilidad en contra.

La lluvia caía cada vez más espesa; una puerta que formaba un sombrío agujero cavado en un muro blanco nos ofrecía su ancha arcada; entramos. Varios hombres de mal semblante, varias mujeres bastante feas, varios niños desgreñados habían entrado con nosotros en esa especie de hangar, siguiendo a nuestras mulas, y miraban las escopetas de los señores;[92] una escopeta interesa siempre a un español, con más razón siete escopetas.


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