De Paris a Cadiz

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Maquet, abriendo la marcha sobre Pandeigo, fue el primero en cruzar un puentecito en cuya cabecera varios niños espiaban el arribo de nuestra imponente cabalgata; ahora bien, la influencia de Andalucía se hacía sentir en aquellos niños; en primer lugar, no se trataba ya, como en las dos Castillas y en la Mancha, de pequeños espectros graves y flacos cubiertos con harapos: eran unos hermosos niños frescos y alegres, que corrían delante de nosotros con gritos que tal vez no eran gritos de bienvenida, pero al fin y al cabo gritaban y corrían, es decir, manifestaban las dos características principales de la infancia.

Una vez franqueado el puente, vimos, a través del velo de una fina lluvia, una hilera larga de casas. «¡Ah!, exclamaron los cazadores, entonces vamos a poder lavarnos las manos».

—¡Ah! —exclamaron los demás— ¡entonces vamos a poder almorzar!

Desbarolles y Giraud se miraron sin decir nada: tenían la experiencia del viaje anterior.

—Juan —preguntó por fin Desbarolles— ¿en qué venta nos detendremos?

—¡Oh, por Dios! Que sea en la mejor —dijo Alexandre.


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