De Paris a Cadiz

De Paris a Cadiz

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Boulanger, a cuya memoria apelo, cree recordar, Madame, que aquel burgo llevaba el nombre de Tino. Cualquiera que sea su nombre, su aspecto no era por ello menos hermoso; un arroyo azul atravesaba aquel bosque de árboles de dos tonalidades.

El tiempo ponía mala cara, el hambre comenzaba a apoderarse del estómago en detrimento de las piernas. Alexandre volvió a montar su caballo extenuado de cansancio, Giraud, Desbarolles y yo volvimos a montar nuestras mulas, y Boulanger, quien, por muy cómodo que se encontrase en su calientapiés, había recibido con entusiasmo, como un segundo Anteo, la ocasión de tocar el suelo, declaró despreocupadamente que, dado que no se sentía para nada cansado, pretería seguir andando a pie, y que no volvería a montar en mula hasta después del almuerzo.









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