De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz No obstante, pese a haber sido completamente infructuoso, ese disparo me había permitido apreciar la precisión del arma, verdadera obra maestra de Devisme. Las dos perdices, alejadas unos cien pasos de mí, se encontraban a seis pulgadas una de la otra; apunté entre las dos, contando con la desviación de la bala a derecha o a izquierda. La bala, por el contrario, había dado exactamente en el medio. Por su parte, Maquet y Alexandre, menos ambiciosos que yo, se habían abocado sencillamente a la caza de alondras, verderones y aguzanieves; y esto no por puro afán de destrucción, sino con un propósito de utilidad social. Se nos había advertido que no encontraríamos nada, o casi nada, en la ruta, y no nos contrariaba corroborar esa nada, o incluso esa casi nada, con una docena de pajaritos.
La descarga de fusilería comenzó a derecha e izquierda del camino. Los fusileros eran Alexandre y Maquet, Boulanger proveía los tacos, Giraud pensaba en su familia, y Desbarolles, a quien su querida carabina le sacudía la mandíbula a cada disparo que cometía la imprudencia de tirar con ella, estimando menos el valor de la presa que el daño que le hubiera causado, hablaba castellano con Juan y Antonio. Cuando hubimos quemado una libra de pólvora y matado a una docena de gorriones, las tres leguas que teníamos por recorrer antes del almuerzo habían sido hechas, y avistamos un gran burgo escondido entre moreras y sauces magníficos.