De Paris a Cadiz

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El desafío era tentador para unos cazadores a quienes aquel aire vivaz de la llanura abría de pronto el espíritu a las gratas preocupaciones, y el estómago al apetito. Por eso, como el pueblo donde debíamos almorzar se hallaba aún a dos leguas de distancia, detuvimos nuestras mulas, pusimos pie a tierra, y ordenamos a nuestro arriero Juan que hiciera un alto en la primera fonda que encontrase en su camino, y que llenase de vino un odre de panza ancha que había hecho yo cargar sobre la mula de Paul.

Juan había previsto nuestros deseos o, más bien, nuestro excelente Pepino se había adelantado a nuestras necesidades. Partimos un trozo de pan duro, que rociamos con una de esas interminables efusiones de vino blanco dulce que se bebe en la taza de madera sin fondo que forma el gollete del odre; después, felices por esta libertad iluminada por un bello sol, nos desplegamos por la llanura, empuñando nuestros fusiles y esperando ver, como el joven Ascanio, «Aprum aut fulvum descendere monte leonem».

Allí estaba la montaña, bella y rocosa, con sus aves de presa dando vueltas en círculo alrededor de su cabeza calva; en cuanto al jabalí brutal y el fiero león, los echamos en falta, y yo me vi obligado a tirar contra dos perdices, sin atinarles, una de las balas que había deslizado para ellas en el doble cañón de mi carabina.


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