De Paris a Cadiz

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Al amanecer, las Landas componían un espectáculo maravilloso. Teníamos inmensas llanuras a izquierda y derecha, moteadas por brezales rojizos como la piel de un tigre gigantesco: en el horizonte oriental todo era llamas, la luz se derramaba en torrentes; en el horizonte occidental, por el contrario, la oscuridad libraba su última batalla y se retiraba lentamente, arrastrando tras de sí los pliegues sombríos de su manto, constelado aún por algunas estrellas. Delante de nosotros, es decir hacia el Mediodía, la vista estaba cortada por una dentellada firme y nerviosa: eran los Pirineos, cuya argéntea silueta se destacaba sobre el azul del cielo español.

Todo aquello, llanura arenosa, brezales rojizos, horizontes sombríos o ardientes, todo despertaba a la existencia, tan joven, con tanta ansia de vida como en el primer día de la Creación. Había alondras que ascendían perpendicularmente hacia el cielo, y cantaban en su ascensión. Tropillas de ovejas caminaban en línea recta, conducidas por pastores montados sobre largos zancos, y espantaban a miríadas de perdices rojas que, luego de un vuelo ruidoso y aterrorizado, iban a arrojarse a quinientos pasos del sitio del que habían partido. Por último, la codorniz, invisible y obstinadamente agazapada entre la hierba, hacía oír su nota estridente y clara, a la que el rechinar metálico de las cigarras parecía acompañar con su bajo continuo.


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