De Paris a Cadiz

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En la posta de Roquefort nos dimos cuenta de que el tiro también había cambiado de naturaleza. A los reacios y relinchantes percherones blancos, a los pesados caballos normandos cruzados con daneses, habían sucedido unos caballitos flacos, con colas y crines flotantes, que gastaban en el coche, para el cual no estaban hechos, los restos de esa sangre árabe que sus padres hicieron correr por sus venas, desde que los moros descendieron desde los Pirineos y atravesaron la Guyena para venir a conquistar Francia, así como habían conquistado España. Con este cambio ganamos diez minutos por legua. Digan lo que digan, la raza siempre se hace sentir, donde quiera que esté y por poco que quede de ella.

No he visto nada más encantador, Madame, que la salida de Mont-de-Marsan. Creo que los últimos grandes árboles que quedan en Francia están allí. Dígales adiós si algún día cruza su sombra, pues no volverá a encontrar otros iguales, ni en España ni en Argelia. A ambos lados de una ruta lisa como un paño de billar, juntan sus copas y forman una adorable cuna de verdor; a derecha e izquierda del camino se extienden inmensos bosques de pinos, cada uno de cuyos troncos heridos por el hierro, como los árboles del bosque encantado del Tasso, deja correr, no arroyos de sangre, sino un manantial argénteo, que también es su sangre; pero la sangre de los pinos, como usted sabe, es la resina, y el árbol herido, como el hombre, muere a veces de agotamiento.


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