De Paris a Cadiz

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Después de los grandes árboles de Mont-de-Marsan, le recomiendo el puente de Saint-André-de-Cubzac. Salude también al Dordoña, que en ese lugar tiene cerca de un octavo de legua de ancho. Verá un buen número de ríos más, que tienen piedras, que tienen arena, que tienen lentiscos, mirtos e incluso adelfas en su lecho, pero ya no verá ninguno que tenga agua. En cuanto a los puentes, seguirá viéndolos; y, por cierto, si usted no quiere caer al agua junto con ellos, se verá obligada a pasar por el costado.

Llegamos a Bayona hacia el mediodía. Lo agradable que había sido el viaje desde Burdeos, más que las doradas promesas de mi carrocero, nos decidió a continuar nuestro camino en posta. Corrí pues, apenas me hube apeado en el hotel, a ver a monsieur Leroy, nuestro cónsul en Bayona, para rogarle que visara nuestros pasaportes y nos ayudara por todos los medios a partir sin demora. Encontré a un hombre encantador, dispuesto a brindarnos toda clase de servicios, pero que me informó de dos cosas que echaban por tierra nuestro bello proyecto; la primera, que todo coche francés pagaba 1800 francos de entrada en España; la segunda, que debido al paso de los príncipes, no encontraríamos caballos de posta.



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