De Paris a Cadiz

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Había que olvidar ese medio de locomoción. Corrí hasta el coche de correo: quedaban cuatro plazas en el interior, que por lo demás no contenía más que cuatro. Las reservé, las pagué, y regresé al hotel para anunciar a mis compañeros las nuevas disposiciones del viaje. La dificultad consistía en cargar todo nuestro equipaje en un coche destinado a transportar solamente cartas, y para el cual los individuos ya son una carga suplementaria. Sólo en fusiles y en cuchillos de caza, excedíamos el peso establecido en Francia para cada pasajero. Pero felizmente es más fácil llegar a un acuerdo con los correos españoles que con los correos franceses y, tras diez minutos de una charla acompañada por gestos animados y expresivos, el asunto se arregló a satisfacción de todo el mundo.

Ahora tres cosas me obligan a decirle adiós, Madame. La primera es la longitud de mi carta; la segunda, el horario de la posta; y la tercera, los gritos de mi correo que reclama a su pasajero. Tendré el honor de escribirle en el primer descanso. Probablemente, eso no será antes de Madrid.





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