De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz —¡Muy bien!
—Con el perdón del señor, no es muy bien, sino muy mal lo que deberÃa decir; ya que cuando caigo sobre mi cabeza, no queda nada en mis bolsillos.
—¡Ah, desgraciado!, ha perdido la pistola.
—¡Oh, señor, lo comprende! —exclamó Paul satisfecho.
—SÃ, señor, la he perdido —continuó con voz acariciadora.
—¡Cómo!, ¡perdida la pistola! —exclamaron veinte voces.
—¡Perdida! —repitió Paul saludando con modestia y abriendo la palma de las manos en signo de adhesión.
—¡Y dice usted que la ha perdido! ¿Dónde?
—A un cuarto de legua de Alcalá.
—¿Está seguro?
—Seguro, señor. La tenÃa un cuarto de hora antes de caer; diez minutos después de haber caÃdo ya no la tenÃa; asà que la perdà al caer.
—¡Usted se dió cuenta de que la habÃa perdido, se dió cuenta diez minutos después de haberla perdido, y no volvió!
—¡Oh, señor!, llovÃa, y además hacÃa frÃo.
—Pero —dijo Maquet— quizás haya todavÃa alguna posibilidad de encontrar su pistola.
—¿Cómo?