De Paris a Cadiz

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—Es de noche, hace frío, llueve, como dice Paul, todo Alcalá duerme, la pistola no puede ser recogida por nadie.

—¡Hola Juan, hola[99] Antonio! —grité.

Los dos muleteros acudieron.

—¿Saben en qué lugar cayó Paul la octava vez?

—Perdón, señor, la novena.

—Sea, la novena.

—¿Dónde cayó?

—Cerca del camino que sube al castillo, a pocos pasos de la cruz que indica el empalme de ambos caminos.

—¡Muy bien!, ¿entonces?

—¡Y bien! Al caer, Paul perdió allí una pistola de seis disparos. Corran, hijos míos. Hay quince francos para cada uno de ustedes si encuentran la pistola; cinco francos si no la encuentran.

Tomaron un farol de mano y se precipitaron fuera de la venta.

Volvieron media hora después. No habían encontrado nada. «¡Qué raro!, murmuraba Paul, ¡qué raro! Sin embargo, fue allí donde la perdí». Ahora, Madame, he aquí el aspecto grave de la cuestión. No crea que ese aspecto grave esté en la pérdida. No, está en las consecuencias de la pérdida. Escuche y tiemble.


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