De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Córdoba.
Una vez apaciguados tras la pérdida de la pistola, que era por completo real, volvimos a la posada. Como todo este interrogatorio habÃa transcurrido en francés, el posadero no entendió nada; pero hay que decir también que no pareció preocupado por ello en lo más mÃnimo. Nos dimos cuenta de que si nosotros no nos ocupábamos de él, tampoco él se ocupaba de nosotros; me acerqué pues, con la cara sonriente, a ese hombre que tenÃa en sus poderosas manos los destinos de una cena y de una habitación. Fuimos realmente bastante bien recibidos.
En torno al hogar, hogar inmenso, antiguo, que ocupaba una porción de la estancia, fumaban delante de un hermoso fuego, humeante a su vez, pero con una discreción por la que les estoy agradecido, una docena de pÃcaros, de fea catadura; eran muleteros, mendigos, recaderos. Debo decirlo, al vernos entrar, empapados hasta los huesos, tiesos de frÃo, cayendo de sueño, algunos se apartaron, ya porque habÃan tomado su ración de calor y juzgaban que era tiempo de retirarse, ya porque les sobreviniese un sentimiento de caridad cristiana: prefiero creer en esta última causa.
