De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Así, viento bajo los pies, viento por la ventana, viento por las puertas, viento en los cuatro puntos cardinales. Hasta la chimenea nos envía su porción de viento; sólo que éste es el más desagradable de todos, dado que viene mezclado con humo. Y encima de todo esto, el cacareo de las gallinas y el canto del gallo.
La cena no fue por ello menos alegre. Como aquellos que se encontraban cerca del fuego estaban asados, y los que se encontraban lejos del fuego estaban helados, el cronómetro de Maquet fue ubicado sobre la mesa, y cada cinco minutos se reemplazó a los primeros por los últimos, y viceversa; de ese modo, cada uno resultó helado y asado por partes iguales. Todo el mundo había declarado no poder dormir en la habitación en la que comíamos. Había con qué reunir pleuresía como para todo el viaje. Paul fue enviado en busca de una habitación; volvió diez minutos después. Había descubierto una especie de escondite sin ventanas, y adornado con una sola puerta; al menos estaríamos a salvo de las corrientes de aire. Había hecho llevar a esa habitación todos los colchones que se habían podido reunir; no era cuestión de que hubiese sábanas, y más valía que fuera así. Por lo demás, ese viaje de exploración, que nos conducía del comedor al dormitorio, nos ofrecía una curiosa enseñanza sobre la manera de dormir en Andalucía.