De Paris a Cadiz

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Cada vez que cerrábamos la puerta, la ventana se abría haciendo volar hasta el centro de la habitación los abrigos destinados a calafatearla. Cada vez que volvíamos a cerrar la ventana, la puerta se abría como aspirada por ella, y parecía devolvernos todo el aire frío que ya había atravesado la habitación, y había ido a refrescarse todavía más en el corredor. Mientras tanto la cena avanzaba; la liebre iba pasando en la sartén al estado de encebollado, y las aves crepitaban dentro de la cacerola. Maquet gritó: «¡A la mesa!» del mismo modo que suele gritarse: «¡A las armas!». Y al grito de guerra todos se despertaron, incluso Alexandre. Nos sentamos a la mesa.

Sería difícil, Madame, darle una idea exacta de lo que le presentan a uno como habitación en la ruta de Granada a Córdoba, y esto en una ciudad de quince mil almas, a la que llaman pomposamente Alcalá la Real. Por una parte una mesa apolillada, dos o tres sillas rengas, que nos inspiraron tan poca confianza que las hicimos cambiar por bancos de la cocina. Dos puertas que dan, una a un corredor, y la otra a un granero. Una ventana expuesta a todos los vientos del cielo; y por último, un suelo desfondado encima de un gallinero, en el que los gallos cantan empecinadamente, tomando la luz de nuestras candelas por la del día.


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