De Paris a Cadiz

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Una vez que todos hubieron recuperado más o menos el conocimiento, a excepción de Alexandre, subimos por una escalera de peldaños altos, y abordamos la habitación destinada a servir de comedor. Un luminoso fuego llameaba en el hogar; esto nos complació en un principio. Cierto es que cuando buscamos la causa de aquella claridad y de aquella intensidad, advertimos que se debían a la ventana que, privada de dos cristales y desprovista de falleba, dejaba pasar tanto viento como se habría necesitado para hacer girar un molino. Ese viento, glacial, porque venía de la montaña, hacía golpear una puerta sin pestillo y sin cerradura que estaba enfrente de la ventana. Maquet, el más despierto de todos junto conmigo, tapió la ventana con nuestros abrigos.

Alexandre fue conducido por Giraud hasta un ángulo de la chimenea, donde una banqueta parecía esperar a un durmiente. La banqueta no esperó mucho tiempo. Boulanger luchó un instante contra el sueño, y volvió a dormirse junto a Alexandre. Desbarolles, celoso por conservar al menos la apariencia del hombre despierto, permaneció de pie, pero errante como un sonámbulo, y caminando blandamente sobre las aves que Maquet y yo habíamos desplumado con tanto esfuerzo, y que acabábamos de apoyar en el suelo. Giraud corría de arriba abajo y de abajo arriba. Esa noche, había considerado oportuno sustituir las patatas a la brasa por patatas fritas.


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