De Paris a Cadiz

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—¡Cómo!, ¿no te da vergüenza, haragán? —le dijo Giraud—. Ves o, mejor dicho, no ves puesto que duermes, al amo y a Maquet desplumando las aves que ni siquiera has matado, ¡y ante este espectáculo conmovedor roncas como un carretero! ¡Vaya!, te desconozco, como dice Corneille.

—¡Bien, Giraud, bien! —dijo Boulanger al ser despertado a su vez—, comparto toda tu indignación. ¿La cena está servida?

—No del todo todavía, querido amigo —respondí—; pero si quieres seguirnos.

—¿Y el pequeño Dumas? —dijo Giraud.

—¡Ah!, déjalo dormir.

—¡Solo, a merced de todas esas caras de bandidos! Ven, desgraciado muchacho abandonado por tu padre, ven.

Y tomó el brazo de Alexandre dormido, quien lo siguió mecánicamente, sin tener conciencia del peligro del que Giraud lo arrancaba.


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