De Paris a Cadiz

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Como se ve, Paul no se atrevía a pronunciarse; sin embargo ese «aproximadamente» ya era mejor de lo que esperábamos.

—¿Y podremos cenar en una de esas habitaciones?

—¿En una? Sí, señor, hay un gran fuego…

—¡Y bien!, prepara todo lo necesario.

—Todo está listo, señor…

—¿La sartén, la manteca,[100] la harina, la cebolla?

—Todo, señor; sólo faltan las patatas que no me atreví a pelar, sabiendo que ésa es la tarea de monsieur Giraud.

—¡Las patatas!, ¿dónde están las patatas? —preguntó Giraud despertado por esta mención de su especialidad.

—¡Ah, esto es muy afortunado! —dije.

—Mira a estos haraganes. ¡Si no es una vergüenza! —dijo Giraud—. Duermen, mientras nosotros nos arruinamos de tanto trabajar. ¡Ah! Yo sé quién se va a comer un higo.

Y acercándose a Desbarolles, le aplastó la nariz al nivel de los pómulos de las mejillas.

—¡Ay! —gritó Desbarolles—, ¡eh!, ¿qué pasa?


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