De Paris a Cadiz

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Debo decirle, Madame, algo que yo mismo ignoraba, una debilidad que Maquet me había ocultado, y es que Maquet tiene horror de tocar las plumas. Lo comprendí tanto mejor por cuanto a mí me horroriza tocar el terciopelo. Maquet fue heroico, se sentó junto a mí y comenzó su triste tarea con estremecimientos que erizaban su piel a cada pizca de plumón ensangrentado que les quitaba a los animalitos yertos.

Al cabo de una hora, los veinte o veinticuatro pajarillos estaban desplumados. Para cuando terminamos o, más bien, para cuando yo terminé con el último, el horror había dotado a los dedos de Maquet una actividad tan prodigiosa que, a pesar de mi experiencia mayor, él había terminado antes que yo; cuando terminaba, como le digo, con la última alondra, y la tendía al lado de sus compañeras sobre una bella hoja de papel blanco sacada de mi neceser, Paul reapareció. Ya no tenía ni liebre ni piel en sus manos.

—Las habitaciones de los señores están listas —dijo. Creí haber oído mal.

—¡Las habitaciones! —repetí.

—¡Sí, señor!, las habitaciones.

—¿Encontró usted habitaciones?

—Las he encontrado —dijo Paul en el colmo de la satisfacción.

—¿Verdaderas habitaciones?

—Aproximadamente.


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