De Paris a Cadiz

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Nuestros amigos se precipitaron hacia los lugares vacantes; al cabo de cinco minutos, dormían en las poses más variadas y pintorescas. Maquet estaba por hacer otro tanto. «Amigo mío, le dije, el momento de los grandes sacrificios ha llegado; todos estos cuerpos fatigados que duermen serán despertados dentro de una hora por los gritos de sus estómagos. Permanezcamos despiertos y preparemos la cena». Maquet dejó escapar un suspiro; pero, siempre estoico y abnegado, dejó dormir a Boulanger, Desbarolles, Alexandre y al mismo Giraud.

Giraud dormía, Madame, en lugar de pelar las patatas o picar las cebollas: estime el cansancio general a través de este cansancio particular. Quedamos tendidos entre el fuego y el muro; en una chimenea común, nos hubiésemos achicharrados. Paul, que se había vuelto activo debido a la pérdida que acababa de ocasionar, se había apropiado de la liebre, y subía y bajaba las escaleras, liebre en mano, como una sombra negra.

Mientras subía y bajaba le arrancaba la piel a la liebre, de suerte que la última vez que se nos apareció, tenía por fin la piel en una mano y la liebre en la otra.

—Veamos —preguntó Maquet—, ¿qué hay que hacer? Le advierto que si permanezco ocioso durante cinco minutos, me duermo.

—Amigo mío, se trata de desplumar las aves.

Maquet lanzó un grito.


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