De Paris a Cadiz

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La noche fue mejor de lo que podíamos esperar. Hay un punto acerca del cual las posadas españolas son calumniadas, y es el de la limpieza. Esas paredes blanqueadas a la cal entristecen tal vez por su desnudez, pero consiguen alegrar los ojos por su color, sobre el cual el más insignificante insecto enemigo del sueño de los viajeros se hace instantáneamente visible. No hace falta decir que los insectos de la región se entienden de maravilla con los hombres de la región; jamás he visto a un muletero indígena ser despertado por una pulga autóctona. El cansancio nos había dado una insensibilidad perfectamente castellana. También nosotros dormimos satisfactoriamente hasta las cinco de la mañana del siguiente día, hora a la cual nuestros muleteros nos despertaron despiadadamente, so pretexto de que teníamos que hacer diez leguas españolas por jornada.

Había en la insistencia que pusieron en hacernos partir antes del amanecer algo que no me parecía claro, puesto que esas diez leguas podían hacerse como máximo en doce horas. Dos horas perdidas en las comidas, en los ejercicios de volteo y en los bocetos, daban catorce horas. Podíamos pues llegar a Castro del Río alrededor de las nueve, es decir, una hora más temprano de lo que la víspera habíamos llegado a Alcalá la Real.


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