De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz El tiro había partido verticalmente, un largo chorro de fuego había rayado el oscuro azul de la noche, y el ruido, repetido por las montañas como el rugido de un trueno, había retumbado largamente en medio del silencio nocturno. La voz de cinco o seis perros respondió con ladridos a la detonación. Eran los perros del molino que, despertados por el disparo, se apresuraban a dar muestras de su vigilancia. «Bueno, dijo Alexandre, aquí están los guauguaus que se incorporan, va a ser un bonito concierto: papá, cántanos algo». La noria continuaba con sus chirridos.
Era evidente que los ladridos de los perros habían despertado al molinero y a los mozos; nuestros dos muleteros, que eran dechados de prudencia, juzgaron pertinente darse a conocer, y avanzaron hacia el molino gritando algunas palabras que no pudimos comprender. Enseguida se estableció un diálogo en el que los perros hacían la segunda voz.
Continuábamos nuestra marcha, y seguíamos el camino que pasa a ciento cincuenta o doscientos pasos del molino. Parece que nuestros muleteros no querían quedarse atrás, pues los vimos llegar al galope para alcanzarnos.
—¿Y bien, Juan? —pregunté al que se encontraba más cerca de mí.
—¿Y bien, señor, los ladrones?
—Después.