De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz —Siguen allÃ.
—¡Bah!
—SÃ, pues ayer robaron al molinero una vaca y dos ovejas.
—¿De verdad?
—Tanto que el molinero y toda su gente estaban en guardia; y al oÃr el disparo han creÃdo que eran los ladrones que volvÃan.
—Creen en los ladrones —dijo Giraud—; dejémosles esa ilusión: la ilusión hace la felicidad del hombre.
Y partiendo de este axioma, contra el cual no se elevó ninguna voz, volvimos a ponernos en marcha, dejando morir tras nosotros los ladridos de los perros y los chirridos de la noria. Una hora después habÃamos llegado a Castro del RÃo, sin ninguna clase de accidente, pero habiendo hecho este descubrimiento: aquel arroyuelo que habÃamos pasado no era otro que el Guadalquivir, el rey de los rÃos españoles, cuyo aspecto inspiró una sorpresa tan grande a los árabes, que al verlo exclamaron: ¡Oued-el-Kebir! es decir: ¡El gran rÃo! Presumo que los etimologistas no tendrán gran dificultad en reconocer Guadalquivir en Oued-el-Kebir.