De Paris a Cadiz

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Volvimos a ponernos en marcha al despuntar el día. A ese magnífico claro de luna del que le he hablado, había sucedido una bruma húmeda que había mojado un poco los caminos; así que montamos sobre nuestras mulas, por cansadas que pareciesen, para sustraernos a la incomodidad de ese lodo matinal. Alexandre hizo como nosotros, y montó a horcajadas sobre el pobre Acca, que iba debilitándose más y más. El paisaje era siempre el mismo, es decir, al mismo tiempo grandioso y accidentado. A veces en la cima de una montaña que dominaba el camino que seguíamos, surgía una torre en ruinas, centinela perdido de los tiempos pasados, fantasma de granito, sombra de las épocas feudales. Dos o tres veces yo había notado que el camino, al empinarse por encima de algún badén, presentaba peligros para el pie cansado de nuestras monturas, las mulas; las mulas tienen esa particularidad, que si se desploman, eso sucede casi siempre en los buenos caminos por los que andan despreocupadamente, sin pensar en sus jinetes ni, por lo que parece, en sí mismas; las mulas, a la vista de aquellas escarpaduras, reconocían el terreno, olfateaban, por así decir, el camino, e irguiéndose sobre sus patas pasaban con pie bastante firme; pero no ocurría lo mismo con el caballo de Alexandre; su descuido era ya no despreocupación, sino abatimiento: por eso dos veces, en pasos difíciles como los que acabo de mencionar, le grité a Alexandre que pusiera pie a tierra.


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