De Paris a Cadiz

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Nuestros muleteros nos explicaron que, de pasar por el puente, habríamos pagado un real por hombre y un real por animal, lo que hacía unos diecisiete reales, es decir, unos cuatro francos y veinticinco centésimos; mientras que pasando por el pontón, tan sólo pagábamos cuarenta centésimos por hombre y cuarenta centésimos por animal, lo que daba algo más de un franco con setenta centésimos. Para ahorrarnos tres francos entre los ocho, los miserables nos habían hecho hacer un desvío de una legua. La intención era buena; pero el infierno, como se sabe, está empedrado de buenas intenciones.

Habíamos agotado todos nuestros líquidos y moríamos de sed desde hacía dos horas; desde hacía dos horas que arremetíamos hacia el Guadalquivir; como una jauría sedienta, después de doscientas cincuenta leguas recorridas a través de España, veíamos por fin un río que llevaba agua y esperábamos que, salvo por las sanguijuelas que teníamos un método para combatir, se tratase de agua potable. ¡Error!

Al llegar, vimos que aquello que corría por el Guadalquivir, que de lejos tomamos por agua, era una especie de barro líquido, que tenía el color y la consistencia, si no el gusto, de una inmensa corriente de crema de chocolate. Nos miramos rascándonos la oreja con un ¡oh, oh! de lo más expresivo. «Hay que llegar a Córdoba», dijo una voz.


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