De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz —¡A CĂłrdoba, a CĂłrdoba! —repitieron todas las otras, asĂ como en el Regulus de Lucien Arnault todos los comparsas del ThĂ©atre-Français gritaban: «¡A Cartago!», lo que producĂa un efecto magnĂfico.
En consecuencia, nos amontonamos en el pontĂłn entreverándonos con los perros, los caballos y las mulas de otra caravana que los pontoneros hacĂan esperar desde hacĂa diez minutos para cruzarnos a todos de una sola vez. Hubo un momento de confusiĂłn que recordaba con bastante exactitud al embarco del arca; luego de lo cual, salvo por las hembras de nuestra especie, nos encontramos embarcados. Todo embarco, excepto cuando se naufraga, implica un desembarco; cinco minutos despuĂ©s desembarcamos pues en la otra orilla del Guadalquivir.
Nos encontramos en una especie de bosquecito de olivos bastante agradable: por encima de las desmedradas copas de los olivos, avizoramos la flecha de la catedral de CĂłrdoba, nuestra estrella polar. Un camino trazado por las patas de los animales y las ruedas de las carretas nos esbozaba nuestra ruta. ĂŤbamos todos a pie; era nuestra costumbre en las grandes circunstancias: tiempo atrás habĂamos notado que Ăbamos mucho más rápido a pie que a lomo de mula. Nuestros arrieros, que habĂamos dejado atrás para arreglar nuestras cuentas con los pontoneros, nos seguĂan de lejos.