De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Paul estaba encaramado sobre el equipaje, que no abandonaba nunca. Desde que había tenido la idea de hacerse atar encima de las maletas, como un saco de dormir, su quietud era perfecta; y sentado de piernas cruzadas, a la manera de los orientales y de los sastres, sobre la plataforma del equipaje, regocijándose bajo ese sol que le recordaba al de Gondola, parecía alguna divinidad de las márgenes del Ganges, que viajeros curiosos traían de la India para donarla a un museo europeo. Seguíamos buscando agua.
Se nos apareció una casa toda cubierta de emparrados, que arrojaban sobre ella una sombra azulada de una tonalidad adorable; en otro momento los pintores se habrían detenido para realizar un boceto de la casa. La idea ni siquiera pasó por sus mentes; se precipitaron sobre la casa y golpearon con el mismo vigor todas las puertas y ventanas, gritando: «¡Agua, agua!».