De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Perez es un francés forzado a permanecer en Córdoba; y la ciudad en la que estamos forzados a permanecer, lejos de aquélla en la que hemos nacido, es siempre una ciudad horrible. Necesitaba pues toda su afabilidad de compatriota para hacernos admirar las bellezas de la patria de Séneca. Además, algo que usted seguramente habrá notado, Madame, está el sentimiento de alegría y de bienestar que aportan a quien vive lejos de su patria aquellos que llegan de su país. Parece que el aire natal no hubiera salido aún de los pulmones, y durante algunos instantes el exilado que uno visita lo respira en nuestras palabras. Entonces pregunta, recuerda; ya no es usted quien viaja por el país donde él le recibe, sino él quien regresa a la patria que usted acaba de dejar. El paisaje que lo rodea se descompone de repente, como el dibujo de un caleidoscopio en las manos de un niño; el cielo, por azul que sea, deja lugar al cielo a veces grisáceo del país amado, y guiado por el viajero, que se asombra de que alguien encuentre tantos atractivos en el país que él ha tenido tanto placer en abandonar, momentáneamente, es cierto, el exilado se pasea por su pasado que cuenta aún con transformar en porvenir. Nada más egoísta que el viajero que viene siempre a pedir algo y nunca trae nada. ¡Y bien! sin embargo, Madame, el viajero es presa de un sentimiento de infinita tristeza cuando en medio de los incidentes nuevos que lo agrandan en un país desconocido encuentra a un compatriota que, a quinientas leguas de la tierra madre, se convierte enseguida en un amigo, y que, dentro de esa naturaleza llena de novedades, rarezas y asombros para aquel que ha de dejarla muy pronto, se ha forjado una vida al principio nueva, luego habitual, luego uniforme, luego monótona hasta hacerse triste, para quien todo ha perdido su brillo primero, y que en medio de ese oasis encantado, de esos árboles de frutos de oro, bajo ese cielo radiante, le habla con lágrimas en los ojos de su París fangoso, de sus casas regulares y de ese cielo gris adonde, como lo decía uno de nuestros ingeniosos amigos, el empleo del sol es una sinecura.