De Paris a Cadiz

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No obstante, como uno se ve, como las manos se estrechan a toda hora, como se vive juntos durante algunos días, como en cada recuerdo que se evoca se exhala una bocanada de aire natal que el exilado respira y que le llena los pulmones del alma, uno olvida la tristeza de aquel que permanece frío ante las efusiones de alegría de los que llegan. Sólo cuando el pobre exilado ve, al cabo de tres o cuatro días que se han pasado a su lado y que él ha creído que serían eternos, tanto los había llenado de recuerdos y esperanzas; sólo cuando ve a los viajeros hacer las maletas cantando, no teniendo nada más que ver con el país que se aprestan a dejar, y hablando ya de aquél al cual se dirigen; sólo entonces se pone realmente triste, y con la espalda apoyada en el muro y los húmedos ojos fijos en los preparativos, deplora el paso de esos egoístas que no le trajeron más que una alegría tan pobre, y que van a dejarlo sin siquiera pensar en mirar atrás, en un aislamiento tanto más vasto cuanto por un instante se ha visto colmado.







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