De Paris a Cadiz

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—Ciertamente —exclamaron seis voces que eran las nuestras, en medio de las cuales vibraba la voz de Desbarolles, quien por fin iba a poder utilizar su carabina.

—¡Oh, por Dios! —dijo Boulanger—, eso estaría bien; sólo he visto jabalíes en las chacinerías, y encima tenían colmillos de azúcar y ojos de pistacho, de manera que no me disgustaría ver uno de cerca, para hacerme una idea exacta de ese animal de pelaje erizado, pero de carne sabrosa.

—¡Oh, qué bien hablas! —exclamó Alexandre, extasiado de gusto ante la idea de la caza—; pero suspende tus discursos, para que podamos volver al proyecto de mañana.

—Tiemblo ante la idea de que haya un impedimento —dije—, y que, como siempre, Alexandre haya sido indiscreto.

—No veo ningún obstáculo —repuso Paroldo—, salvo que la sierra no siempre es segura.

—¿Algunos ladronzuelos? —pregunté—, ¿otra vez ladrones?

—¡Hmm! —dijo Paroldo— yo fui asaltado en la sierra.

—¡Yo también!

—¡Yo también!


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