De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz La razón nos pareció suficiente, y no pedimos otras. «Escuchen, prosiguió Juan, pues Paroldo se llamaba Juan, al igual que el amante de Haydée, escuchen; suban a vuestras habitaciones, duerman bien y pronto; nosotros vamos al Casino, tratamos de reunir a nuestros amigos y todo lo necesario, y mañana, a las cuatro de la mañana, venimos a despertarlos si todo está listo, si no venimos a almorzar con ustedes a las diez». Hubo un «De acuerdo» general. Como resultado de esta resolución, subimos a nuestras habitaciones; cada uno de nosotros preparó sus polainas, su fusil y todos los utensilios de caza. Sólo Alexandre no preparó nada; pero, en contrapartida, apenas comenzábamos a quedarnos dormidos, se puso de puntillas y fue a tirar de la cuerda de un reloj de péndulo con música que decoraba nuestra habitación, y que de inmediato se puso a tocar la polca de Herz.
Naturalmente no necesito decirle, Madame, que nada es tan falso, monótono y aburridor como ese horrible péndulo musical; pero lo que usted no sabe es que no pasaba hora sin que Alexandre nos hiciera al menos una vez esa broma atroz. Durante el día, eso no era nada; ¡pero por la noche! Por desgracia esa noche Alexandre había tomado café; cuando ha tomado café, Alexandre no puede dormir, y cuando no puede dormir, Alexandre no encuentra nada más entretenido que impedir dormir a los demás.