De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz En ese salón de paredes blanqueadas a la cal, y amueblado pura y simplemente con un canapé de paja recubierto de cojines y con cuatro sillas de paja similares al canapé, pero que no estaban recubiertas como aquél, nos quedamos solos durante un cuarto de hora aproximadamente, conversando como los tres calenders tuertos de Las mil y una noches. Al cabo de ese lapso la puerta se abrió y entraron tantas princesas como príncipes éramos. En este punto, Madame, para cualquiera que no hubiese hecho votos de castidad en la cuadra de las diligencias Caillard y Laffitte, el relato se volvería embarazoso; pero para nosotros, simples observadores, habituados a las sesiones de atelier, la cosa fue muy simple.
Voy a describirle pues lo mejor que pueda, Madame, a aquellas princesas españolas. En general, a las numerosas virtudes que el cielo les dió, hay que acordarles la mayor sencillez; algunas, y ésas son las más elegantes, llevan la mantilla, la falda y el abanico nacional; bajo la mantilla, la peineta de carey que la levanta, y junto a la peineta, la rosa natural o artificial cuyo rojo púrpura brota como una llama a través de las finas mallas de la puntilla negra. Las otras van a la francesa, es decir que llevan un sencillo vestido de muselina, un chal encima de los hombros, un gorrito o un pequeño sombrero sobre la cabeza. Quizá me equivoque, Madame, y esto sea lo que llaman elegante en España.