De Paris a Cadiz

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XXXI

Córdoba, 7.

La noche que siguió a nuestra visita a la casa de Séneca dormimos admirablemente, Madame, no habiendo Alexandre tomado café, y resignado en consecuencia el reloj a ejecutar apenas uno o dos aires para acompañar el momento de acostarnos. Pero a las cuatro en punto nos despertó un batir de puertas, un repiquetear de cascos y un vocerío como para tirar abajo el hostal; eran nuestros asnos, mulas y muleteros los que llegaban. En un momento estuvimos de pie; todo estaba listo: fusiles, pertrechos, chaquetas y pantalones de caza; cerrábamos la última hebilla de nuestras polainas cuando entró Paroldo: «¡Vamos, vamos, señores, en marcha!».

Notablemente guapo estaba Paroldo con el traje un tanto vulgar del majo[113] andaluz; llevaba la chaqueta corta, el sombrero con lazo, el pantalón ancho, las elegantes polainas —la parte más afortunada de esa vestimenta—, de una manera que otorgaba al conjunto una encantadora distinción. Giraud y Boulanger hubiesen preferido hacer su retrato a salir de caza, pero la mayoría estuvo en su contra; Giraud se contentó con hacer un boceto mientras Paroldo encendía su cigarro, y bajamos. El patio del hotel, con sus arcadas cuadrangulares como las de la rue de Rivoli, su piso embaldosado, el jardín del que un enorme naranjo cargado de frutos ocupaba casi toda la capacidad y presentaba, visto a la luz de las antorchas, el aspecto más pintoresco.


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