De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz —Juan, amigo mÃo, apuesto que a nuestro regreso no faltará ni una sola cucharita.
—¡Oh!, yo no quiero apostar nada —respondió Paroldo—. ¡Suceden cosas tan extraordinarias en los tiempos que corren!
Y miró riéndose a Hernández y Ravez.
—Paul —dije—, ponga los cubiertos sobre una manta. Los que sean demasiado delicados para comer con sus dedos vendrán a tomarlos del montón.
—¿El señor sigue dejándome a cargo de su platerÃa?
—No, Paul, usted no responderá por nada mientras esté en la montaña.
—Bien, señor.
Y Paul vació Ãntegramente el compartimento de los cuchillos, el de los tenedores y el de las cucharas sobre una manta. Esta confianza pareció causar un excelente efecto en nuestros nuevos amigos.